viernes, octubre 16, 2009
500 días de zzzzzzzzz
viernes, julio 24, 2009
La gata y la luna

Foto de Daniela Yáñez
"Hay algo en el trabajo de Chan Marshall, también conocida como Cat Power, que resiste a la sugestiva idea de relacionar su estilo sólo con el mundo de la música indie. La presentación de anoche en el teatro Caupolicán demostró que los orígenes de su trabajo le deben tanto al sur profundo de Estados Unidos, que es prácticamente inevitable pasar por sus referencias antes que por cualquier otra clasificación. El blues, el folk y el soul fueron visitados aquí con el formato de una banda de rock, y en lugar de repetir el sonido de los discos, las canciones adquirieron un nuevo lenguaje."
Mi reporte entero para Kilómetro Cero, aquí.
El crédito de la foto corresponde a la bella Daniela Yáñez, que enferma y todo me acompaño. Eso es espíritu periodístico, digo yo.
domingo, mayo 10, 2009
El Rumpy, o el hijo leso de Kike Morandé
Por eso mismo, resulta del todo molesto que personajes poco talentosos como el señor Artiagoitía, director de la película Grado Tres , se adueñen del tema para intereses tan erráticos como condescendientes. Un personaje cuyo empleo consiste en escuchar con desidia bovina las desgracias ajenas, con una indiferencia que posiblemente no demostraría si se tratara de alguien de su mismo grupo social, no tiene la habilidad ni el ingenio para abordar las problemáticas sexuales sin caer en un tradicionalismo disfrazado de irreverencia. Y aunque la intención claramente sea confeccionar películas livianas, eso no lo exculpa de su mediocridad, pues existen trabajos brillantes en el género de la comedia liviana que recurren al humor para abordar el mismo argumento (Billy Wylder, la más reciente Superbad , etc.). En sus entregas anteriores, el Rumpy ha presentado personajes monolíticos, escenas donde los pobres son chistosos y habladores, y los ricos, intensos y dramáticos. No hace falta ser un crítico de cine para descubrir del clasismo implícito de esas elecciones de guión.
El Rumpy es una suerte de hijo leso de Kike Morandé: si bien el animador de TV siempre ha sido honesto con su punto de vista discriminador y latifundista, el locutor devenido en director hace gárgaras con la libertad de expresión y su supuesta cercanía con ese grupo de gente que, sospecha, existe al otro lado de la línea telefónica. Su supuesta insolencia no es otra cosa que un sumario de lugares comunes que le deben tanto al humor de esos prehistóricos scketchs de Venga Conmigo como al imaginario de niñito rebelde.
Su acercamiento al tema sexual no tiene nada de liberal o catártico. Es, al contrario, de tal paternalismo su punto de vista, que se puede leer muy claramente la forma en que el señor Artiagoitía entiende al público, al parecer aprendido en el colegio de curas donde posiblemente estudió: para él, el público (o los pobres, en su caso no hace diferencias, ya que debe pensar que la gente privilegiada ve a Godard), son una aglomeración de mascotas semi-entrenadas, con inclinación a la botella, el resentimiento y la flojera; pelitiesas y desdentadas, que sin embargo, pueden ser útiles si uno va a ser director de cine y necesita a alguien que pague las entradas. En ese caso, estas mascotas se pueden volver inofensivas si se les entrega un par de tetas de una actriz de teleseries, actores de teleseries, decoración de teleseries y uno que otro chiste parvulario.
En la antidiluviana época de la pre-Reforma Agraria, el patrón del fundo tenía la sensatez de entregarle una mesada al hijo de pocas luces, para que se dejara de molestar y viviera lo más alejado posible, en el caso que llegaran a la casa la visitas importantes. Ahora resulta que el hijo leso se cree inteligente, hace películas, habla del doble estándar del chileno e incluso se gana un par de premios en algún festival de Cracovia o Kazajstán. Y lo peor de todo, hay gente que paga por ver sus esperpentos.
miércoles, abril 08, 2009
Ella, la rebelde

Cada cierto tiempo, cronometrado de acuerdo al debut de una nueva teleserie u obra de teatro, los diarios repiten una y otra vez exactamente la misma entrevista. Aparece un actor con un tono severo y definitivo, que se encarga de recordarnos nuestra condición de borregos amansados, que los poderosos están contra nosotros, que esta democracia no es representativa, mientras se arreglan para recitar sus parlamentos en la comedia de la hora de once.
Lo más insoportable de estas arengas, aparte de su inconsecuencia pavorosa, es cómo intentan pasar gato por liebre sobre ciertas costumbres pretendidamente rebeldes que ya el tiempo y la convención han dado por supuestas hace rato: "Fumo marihuana todo el tiempo y no soy delincuente" afirma con una mirada intelectual que podría quemar un libro de Joyce el actor de turno en una entrevista de uno de los últimos ejemplares del The Clinic, olvidando que precisamente el consumo de la yerba aquella no es un delito. Yo podría decir "Como arrollados de primavera y mote con huesillo en la calle y no soy delincuente" y la frase sería homologable a la del señor intelectual. Pero al parecer, como aparece a las ocho de la noche todos los días repitiendo dialoguitos bobos tiene una altura moral que carecen el resto de los mortales. ¿Qué hace tan especial a los actores? ¿Por qué no le preguntan a un podólogo su opinión sobre el calentamiento global o a un vendedor de seguros acerca de su adhesión política?
sábado, marzo 28, 2009
La música que escuchan todos
(Foto de Kevin Westenberg)
Podríamos vivir felices de la vida bailando con James Brown y tendríamos sandungueo en la pista de baile con una nutrición musical rica en proteínas que no nos vendría nada de mal. Podríamos sobrevivir con ello. Pero el mundo parece decirnos que hay algo más, algo cruel e injusto. Pese a ello, la desconfianza y la incertidumbre se pueden volver experiencias positivas también, si se construyen canciones que ayuden a superarlas. Radiohead está lejos de ser una banda terapéutica, pero su lógica de revisión de los vicios modernos es, por lejos, mucho más consistente que esos manuales de autoayuda entregados más cerca del lugar común que del apoyo cómplice.
Que comenzaran con Creep fue insuperable. Que Bodysnatchers o Idioteque sonaran más desconcertantes que en los discos también. Y que en Exit Music (For a Film) el público se quedó casi en silencio es una idea de lo que las canciones pueden llegar a convertirse: suerte de mantras portátiles, apreciaciones donde nos damos cuenta que el mundo sí puede ser un lugar decepcionante, pero tenemos la búsqueda de
Impagable debe ser gritarle a una audiencia “¡No han estado prestando atención!” como canta Thom Yorke en 2+2=5. La paranoia posmoderna, un incómodo lugar donde nunca sabemos quién es el enemigo (o quizás todos lo son), se manifiesta en este tipo de temas recordándonos que Radiohead le debe más a Philip K. Dick que a, que me perdonen los ortodoxos, Roger Waters viejo. Donde el ex integrante de Pink Floyd encuentra un colchón de adulaciones para depositar su megalomanía mesiánica, Los Radiohead utilizan su posición de grupo exitoso para precisamente cuestionar las relaciones entre éxito y ambición. Son famosos por cantar canciones tristes. Son una banda importante por sus letras titubeantes e imprecisas. En sus temas no hay respuestas, ni soluciones.
Una iluminación que era espectáculo propio (mucha gente pagaría solo por ver la letra de Everything in Its Right Place que aparece por los tubos de luces) nunca estorbaba y al contrario, contribuía con sus juegos a descifrar mejor cada tema.
Muchos grupos contienen a instrumentistas excepcionales, pero la interpretación de Jonny Greenwood en All I Need, custodiando la canción con una mano en el teclado y la otra en el metalófono, hace que se olviden los tecnicismos fastidiosos y conmueve tanto como la confesión romántica que canta en ese momento Thom Yorke. Porque ésa es otra de las ventajas de Radiohead, es una banda dos por uno: capaz de entregar preguntas rabiosas en composiciones que hablan del mundo que hemos hecho, como muestras de íntima fragilidad sin pudores ni remilgos. O ambas cosas a la vez, como en Paranoid Android, la canción final. Música para quedar cansados.
jueves, enero 29, 2009
Lo que fácil llega...
De todas las lagunas que tengo en mi información musical, el caso de la protagonista de este video debe ser una de las imperdonables. De la señorita Marianne Faithfull sólo conocía algunas canciones, como As Tears Go By (y claro, esa olvidable colaboración con Metallica). Hasta que disfruté de Easy Come, Easy Go, un disco que me hizo pensar en cuánto tiempo he desperdiciado. No es solamente por la calidad del repertorio (que incluye canciones de un espectro que va desde Bessie Smith hasta Black Rebel Motorcycle Club, pasando por Smokey Robinson y The Decemberists) ni por los invitados de selección apabullante (Cat Power, Nick Cave, Rufus Wainwright, Sean Lennon, Jarvis Cocker, Keith Richard...) sino porque al escuchar este trabajo uno se pone a pensar en lo inútil que resulta intentar andar por la vida pretendiendo ir de alegre y despreocupado, como dicta el verano imperante, cuando uno puede entristecerse felizmente con sombrías interpretaciones de oscura fascinación. A buscar más discos.
viernes, enero 09, 2009
Es el fin de la ironía como la conocemos (y me siento bien)
Kiefer Sutherland comentaba en una entrevista que se dio cuenta, en su visita a Washington para la nueva temporada de 24, de una coincidencia destacable: las oficinas de
Las autoridades, tan atentas a los cambios de humor del mundo, se han puesto de acuerdo para seguir al pie de la letra los consejos de Homero Simpson y George Constanza. Verlos como parodias críticas y agudas no va con el estilo de nuestros gobernantes. Lo peor de todo es que se lo apropiaron, oficializando la idiotez pero renunciaron a la reflexión y las segundas lecturas se las dejan para ellos y no la comparten. Nos quitaron la irreverencia. Si ellos actúan de idiotas con una perfección sorprendente, entonces el juego se acabó, pues la razón para divertirse era precisamente reírse de la pretensión de seriedad que se intentaba imponer pese a cualquier catástrofe. Ahora ni siquiera intentan ocultar el descalabro. Intentar jugar al irónico, entonces, vendría siendo seguirles el jueguito, repetir el chiste, o peor aún, intentar explicarlo.
Los Simpson y Seinfeld quedaron obsoletos como punta de lanza de ese tipo de humor. Un humor que se basaba en la desconfianza, en soportar el mundo desde el cinismo sin que esto significara amargura, sino desencanto por cómo las instituciones lo arruinaron todo. Y como las autoridades mismas se volvieron desencantadas e irónicas, se pasó la bendición papal del humor a una nueva generación. Si el gordo Homero no cree en nada pero al final siempre termina amando a su familia, desdiciendo su ineptitud vital, se necesitaba una ampliación en los campos de la distancia con que se enfoca el asunto: Bob Esponja respondió a eso.
Bob Esponja basa su humor en situaciones tan al límite de lo absurdo, que su cinismo es todavía más cruel que el de la serie de Matt Groening: ya no hay Estado ni Iglesia ni corrección política para burlarse, sino una serie de personajes bajo los cuales late el germen de Robert Crumb invadiendo viralmente la televisión infantil. Los productores de este espacio se dan el lujo de hacer chistes sobre la forma de hacer chistes, de montar operaciones formales que harían saltar de gozo a Marcel Duchamp (uno de los personajes, Calamardo, deja muy triste sobre una tumba unas flores. Al marcharse, podemos leer que en la lápida está escrito: “Aquí yacen las esperanzas de Calamardo”) de tirar referencias a amputaciones y ambigüedad sexual con la aprobación de Nickelodeon. Lo que sucede es que se utiliza el marketing de una forma lo suficientemente sofisticada como para que cualquier sospecha del control parental termine siendo desviada, entonces los padres se preocupan de la mochila o el nuevo vaso para cepillos con forma de esponja y hacen vista gorda a su incomodidad.
Desencanto vestido de festividad en Springfield, ferocidad infectando la programación infantil en Bob Esponja. Los mismos productores del cuadrado amarillo fueron más lejos ahora: Chowder, su nuevo engendro, no respeta ninguna regla de lógica ni sentido común, proyectando una noción del humor que en la vieja Europa de entre guerras se denominó Dadaísmo, pero que ahora es una especie de mensaje secreto disparado desde la televisión de ambiciones comerciales que la misma intelectualidad condena.
En Chowder no hay ni siquiera personajes ni escenarios que remitan al mundo concreto. Si en los ejemplos anteriores, Bart y compañía se muestran desilusionados de la realidad mostrándola de la forma más cruelmente posible, y en Bob Esponja se la disfraza con un optimismo que no es otra cosa que la mueca grotesca del desprecio, con Chowder ocurre algo más tajante todavía: simplemente se le ignora. Para resumir, del desengaño a la ferocidad, y de la ferocidad al espanto de la incertidumbre. El arte y la ironía tienen eso en común: pueden ser utilizados como barómetros para calcular cuánto delirio ha alcanzado una sociedad.
El problema no radica en la posible incomprensión de estos fenómenos (no he leído sobre ningún caso de un niño afectado psicológicamente con estos dibujos animados, que gozan de gran audiencia) sino en la mala suerte de vivir en un lugar donde el humor se reduce a brutalidades discriminatorias, y los chistes son celebrados si repiten los mismos esquemas latifundistas donde las mujeres son perras, los pobres son tontos y los homosexuales, aberrantes. En ese escenario tan apocalíptico, al espectador no le queda otra al aceptar que la ironía es menos un arma que una necesidad.
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